Ferdinando Frega sonriente, relajado en un sillón rojo, con un forro polar negro y un reloj azul

EL PRINCIPIO

No tenía nombre.

Solo elegancia.

Y siempre elegía al último.

El bosque había dado vida a uniones impensables.

La promiscuidad era la regla de la convivencia, pero aún no se había convertido en un formato, y nadie había marcado en qué año estaban, porque los números arábigos todavía no habían llegado.

Esta criatura magnífica, que se movía como un felino, no tenía nombre.

Solo elegancia.

Un paso suave, acolchado.

Ninguna postura fija.

Solo estilo.

Ninguna manera de ser.

Solo clase.

Y cuando caminaba, fuera cual fuera la distancia, desprendía un aroma que atraía a todas las especies.

Las fragancias de Giorgio Armani aún no estaban a la venta.

La suya nacía de sus propias hormonas indefinibles.

Como una verdadera orquesta que reclama lo que se le debe, pero sin instrumentos.

Quien intentaba acercarse a ella creía querer ser el primero.

Nunca entendió la regla.

Ella elegiría solo al último.

Con la esperanza de que fuera el que se quedara.

Todo lo que no se ve rara vez se cuenta.

Y sin embargo, la gente nunca deja de reclamarlo.

Lo llaman ficción.

Lo llaman noir.

Lo llaman imaginación.

Cualquier cosa, con tal de que no pueda replicar.

Y sin embargo, todo lo que nadie espera vive en otro lugar.

Dentro de una fantasía.

Dentro de una expectativa.

Dentro del recuerdo de otra persona.

Dentro de una acción posible.

Y solo se revela a través de las palabras.

Esta es la tarea que ha elegido este proyecto.

No explicar.

Observar.

Recordar.

Preguntar.

Sabiendo que no es el primero.

Ni el mejor.

Solo el alumno de la penúltima fila.

Y nunca el último.

Ferdinando


Ella todavía no ha elegido.